Vuela – Octubre 2010

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El día que me gradué de la preparatoria empaque mis cosas y tras darles un largo abrazo a mis padres y debo admitir, llorar mas de un par de lágrimas, me fui de mi casa y nunca más volví. No quiero hacer parecer que viví una trágica historia con mi familia y decidí abandonarlos para siempre, por que así no fueron las cosas. Me fui por que algo dentro de mi me obligo a irme. Quería quedarme. Quería quedarme con toda el alma; amaba a mi familia, me encantaba estar en mi casa, tenia un novio con el que era completamente feliz y una vida “hecha” en mi pequeña pero hermosa ciudad. Pero termine yéndome. Existen fuerzas más grandes que la voluntad… y me gusta pensar que fue esa magia la que me empujo aquel 9 de agosto del 2006 en el aeropuerto de Phoenix. Muchas cosas pasaron despues de ese día. Muchas. Tantas… que necesitaría mucho tiempo para hablar de esas historias. Lo que quiero contar hoy es lo que sentí el día que regrese a ese mismo aeropuerto cuatro años y medio despues. La misma terminal, el mismo destino, intenciones totalmente distintas. Seguramente pensaras que no sentí nada de miedo… que esta ves todo fue mucho mas fácil por que ya conocía el camino. Sorprendentemente fue al revés. Sentí el doble de nervio que la primera vez que recorrí ese pasillo. Sentía MIEDO. Y lo peor de todo es que ni siquiera entendía por que. Este viaje no era como el primero… en el cual era una menor de edad, no tenia dinero, ni amigos, ni idea alguna de cómo era Boston. Esta vez sabía a donde iba y con quien. Era tan grande mi angustia que Faby, mi compañera de casa, mejor amiga y prácticamente hermana, me reconoció el gesto en segundos y sorprendida al verme me regaño por sentirme asustada. Tenía razón….  No podía estar asustada a estas alturas del partido. Llevaba  años pidiéndole a Dios, al tiempo y a todos los santos existentes que me dieran la oportunidad de regresar a Boston por segunda vez. Despues de quejarme por cuatro años entendí que no existen los milagritos o los sueños sin sentido y  fue así como un día, despues de literalmente revolcarme en el piso de la cocina lloriqueando por volver a Boston, me seque las lágrimas y decidí hacer algo al respecto. En ese mismo momento me prometí a mi misma  que este año regresaría. 

Cuatro meses después, luego de trabajar (vendimos litros de ceviche los fines de semana) y juntar el dinero necesario para los vuelos y algunos gastos, estuve de nuevo en el mismo aeropuerto que por segunda vez me abría las puertas del cielo.  Algunas veces deseamos tanto algo que cuando por fin lo obtenemos no sabemos siquiera que hacer con el.  Me quede congelada, tratando de comprender como llegue a ese lugar.  ¿Como obtuve exactamente lo que quería? Estaba sentada en ese mismo asiento, en el mismo avión y hacia el mismo destino. Mientras mi estómago reconocía ese sentimiento familiar de angustia, miedo, emoción y aventura… Del cual debo admitir soy totalmente adicta. El viaje no fue tan sencillo como suena; habíamos viajado diez horas en un camión para llegar a Phoenix y ahora debíamos hacer un vuelo de seis horas seguido de una escala de una hora y un vuelo más de cuatro horas. Pero todos sabemos que no existe tiempo ni escala que te quite el orgullo y la emoción que provoca el llegar a un nuevo aeropuerto. La escala en Atlanta fue otra angustia para mi. Sentía miedo. Llevaba mas de diez horas sintiendo miedo, pánico y angustia. Me daba ansias perder el vuelo, no encontrar el camino hacia la sala que nos correspondía, que me robararan la bolsa en donde traía todo mi dinero o que pasara algun otro disparate. Faby lo volvió a notar y de nuevo me pregunto alterada por que estaba tan nerviosa. Trate de justificarme con miles de excusas, las cuales son mi especialidad, y termine mareándola con miles de cosas malas que podían pasar en el camino. Asintió con la cabeza y nos sentamos en asientos muy apartados en la sala de espera mientras llegaba el segundo avión. Después de cuatro horas más escuche por fin que el piloto anunciaba esas palabras por las que había esperado tanto tiempo:
– Welcome to Boston –  

Cuando un cristal se rompe es muy difícil alcanzar a ver a donde salen disparados todos los fragmentos. Yo Llevaba años buscando esos pedazos de mi por todos lados y escuchar esas tres palabras a completo una pieza muy significativa en mi. Me asome por la ventana y note que el cielo estaba completamente nublado, tras una mueca de desapruebo sonreí al recordar esa hermosa ciudad en donde había conocido el significado de tantas cosas. En cuanto recogimos las maletas fuimos al escritorio de información a buscar un hotel en donde pudiéramos pasar esa noche. Suelo ser MUY desorganizada y como el viaje había sido planeado en su totalidad por mi…. me había faltado el alojamiento de esa noche. Por su puesto. Me sorprendió que Faby tomara las cosas con tanta calma, mientras  yo no paraba de pensar que hacer para encontrar un lugar cuanto antes. Marque a varios teléfonos de hoteles cerca de Downtown pero todos estaban ocupados. Era martes. ¿Cómo podían estar todos los hoteles sin habitación en martes? El asistente me respondió con un tono fuerte que Boston en verano era bastante recurrido. Me ofreció un paquete de uno de los hoteles con el que seguramente el tenia alguna conexión y se lo negué con la misma sonrisa sarcástica con la que el nos había atendido. Le avise a Faby que me siguiera y salimos en busca del metro para entrar a la ciudad.

En el año que tuve la oportunidad de vivir en Massachusetts, trabaje mas de siete meses cuidando unos hermoso gemelos cerca de Washington Street, en Allston. Cada día que regresaba del trabajo pasaba por un pequeño hotel colonial y  cada día que pasaba cerca de el soñaba que algun día regresaría… y llegaría justo alli.  Así que tomamos el metro para buscar ese hotel que vi pasar mas de doscientas veces en mi vida y al cual siempre le sonreí.  Tenia la imagen de Boston borrosa en mis recuerdos. Recordaba perfecto las calles. Pero también existían algunas cosas que había olvidado con los años… y era justo este mi temor de olvidar donde estaba el hotel. Comenzó a llover de una manera impresionante en cuanto alcance a ver por fin el lugar y nos bajamos del metro. Como sacado de una escena de mala suerte, mientras corríamos bajo la lluvia nuestras maletas se rompieron.  Para este momento yo ya sentía la felicidad inmensa de estar en Boston y nos reímos como nunca cuando dos niños de nuestra edad nos gritaron LOCAS al pasar junto a ellos. Al entrar al lobby del hotel nos llevábamos de nuevo con la decepción de que el lugar estaba totalmente LLENO. Me senté en la computadora de la entrada a tratar de buscar hoteles cerca del área y fue entonces cuando la señorita nos aviso que habían desalojado una habitación justo en ese momento y pudimos instalarnos de una buena vez.  Me encontraba un poco molesta de no poder tener un hermoso día como los que recordaba del verano del 2006. No me importaba tanto por mi, si no por Faby, quería que ella viera lo que yo tanto le había platicado de Boston. Por motivos del mal clima decidí llevarla a conocer algunos centros comerciales que estuvieran bajo techo. Despues de comprar varias cosas nos subimos al metro de nuevo y fuimos a cenar a Copley.  El restaurante que quería que Faby conociera estaba, para mi mala suerte de todo el día, lleno.  Más de dos horas de espera, nos dijo el Host con una mirada burlona. Así que tuvimos que entrar al restaurant de junto.
En la novela de la vida de Sidharta Gautama se menciona como antiguo proverbio que algunas de las mayores enseñanzas de tu vida, las vas a obtener de terceras personas que por lo general, nunca volverás a ver.  Esa noche conocimos al primero. Nos sentamos en la barra y pedimos de cenar muchísimas cosas, ya que habíamos comido bastante mal durante todo el día.  Alli le confesé a mi amiga, aunque OBVIO ya lo sabia, que había estado todo el día angustiada e incluso enojada. Le explique como… al igual que la mayoría de las personas, me agobiaba el hecho de que las cosas no salieran como YO las había planeado, o como yo quisiera que resultaran. ¿Por qué tenia que tener esta mala suerte en el primer día de mi viaje? Mientras hablábamos se acerco el Bar Tender a preguntarnos de donde éramos al identificar el español. Despues de cenar y hablar con el mas de dos horas nos platico un poco de su vida.  Era de Colombia. Había llegado a Boston siete años antes con el mismo fin que todos; ganar dinero y sobrevivir. Había dejado a su familia, no podía regresar a su país ya que estaba trabajando ilegalmente, estaba SOLO. Nos comento que todos los cocineros de ese restaurant eran Mexicanos, Colombianos o Brasileños tratando de ganarse la vida día a día en Estados Unidos. Se perfectamente que existen millones de historias mil veces mas fuertes, acerca de inmigrantes latinos. Pero ver, tan de cerca, la soledad en los ojos de este joven me hizo recapacitar acerca de la actitud negativa que había tenido durante lo largo del día. ¿De que me podía quejar? Estaba cenando en Boston con mi mejor amiga. Estaba de Vacaciones. Estaba estudiando una carrera, en la ciudad que yo escogí y contado con el apoyo de mi familia. Planear con perfección las cosas NUNCA fue para mi. Al contrario. Estoy, sigo estando, y ese día comprobé aun más que estoy en contra de esto. Tal vez tuve que ver la verdadera tristeza en los ojos de otra persona para poder darme cuenta de mis bendiciones. La vida es para disfrutarse. Estés en donde estés y tengas lo que tengas. Si las cosas salen como las pensaste disfrútalo. Si todo sale completamente al revés disfrútalo aun mas. A final de cuentas, las cosas que nunca  imaginaste resultan ser las más divertidas.

Al día siguiente seguía lloviendo. En lugar de molestarnos, salimos a comprar paraguas y  ropa abrigada.  y claro… disfrutamos el día al máximo. Fuimos al New England Aquarium, a Copley, a Harvard y comimos en uno de mis lugares favoritos: Quincy Marquet. Conocí Boston de una manera que no logre comprender en un año entero de vivir alli. Me di cuenta y me da incluso vergüenza acéptalo, que cuando tenia dieciocho años no entendía siquiera las ubicaciones de la ciudad. No conocía los edificios, ni la historia, ni me importaba por que las cosas eran como eran. No importa cuantas veces veas las cosas… es el día que las observas cuando entiendes su belleza. Faby encontró una calle preciosa por la cual calculo que pase más de cien veces y nunca había sido capaz de detenerme a ver. ¿Cómo es POSIBLE que no podamos detenernos a ver algo? Había caminado toda mi vida del punto A al punto B sin tener el tiempo y la alegría de disfrutar el camino. Y por lo general es en los pequeños detalles en donde estan las mas grandes enseñanzas. Este verano aprendí a observar…. Y afirmo que gracias a esto soy una persona plenamente FELIZ.  Redescubrí este sentido que todos tenemos al ser niños, y desgraciadamente perdemos al crecer. Cuando observas… cualquier lugar es interesante, cualquier persona es fascinante.

Por la noche fuimos a cenar con unos amigos que mi exromiee de Boston me había contactado. Me conozco y se que un año atrás  NO hubiera querido conocerlos. Hubiera reclamado que no necesitaba tener más amigos, que iba a Boston a conocer mas y no a perder el tiempo con gente que no era de mi interés. Pero Gracias a Dios la mentalidad cambia con el tiempo… Habíamos dejado el hotel a mediodía y una amiga mía nos había hecho el enorme favor de cuidarnos las maletas en su departamento. Cuando al fin fuimos por ellas, mi amiga nos dio ráete al restaurant en donde habíamos quedado de cenar con ellos. Pero despues de caminar todo el día por la ciudad y mojarnos en la lluvia nos veíamos HORRIBLES. Así que nos metimos a escondidas al baño de empleados del BEST BUY en donde nos alistamos de pies a cabeza y salimos más arregladas para cenar. Aquella noche hicimos varios nuevos amigos que nos ensenaron que no importa de dónde seas o cuales sean tus costumbres y tradiciones: las buenas personas están en todos lados. Al día siguiente Boston nos despidió con un día tan hermoso que era irreal.  Tomamos un tour, caminamos durante cinco horas, comimos en el barrio italiano y cenamos en Copley. Faby pudo conocer todo….  Hasta cosas que incluso yo nunca había visto.  Pasamos por varios lugares que yo imagine que me traerían malos recuerdos o al menos nostalgia, pero me sorprendí de nuevo a mi misma al darme cuenta que incluso sonreía al verlos. Ya no era esa persona que recuerda malos momentos en cualquier esquina que ve,  Ahora llenaría esos lugares de nuevos y mejores recuerdos.  

Desafiando aún más los “planes” de nuestro viaje decidimos quedarnos un día más en Boston y recorrimos un poco los planes de las otras dos ciudades. Faby fue la de la idea a pesar de que ella no conocía Nueva York ni Washington, pero estuve completamente de acuerdo con ella.  Despues pasar toda el día turisteando  fuimos al estadio de los Red Soxs a tomarnos unos tragos en el bar de adentro. Nunca fui fan del beisbol y Faby ni siquiera quería entrar ya que no conocía nada del equipo, pero es una GRAN tradición en Boston ir al estadio y así lo hicimos. Mientras nos tomábamos una cerveza entro al Bar un joven mas o menos de nuestra edad hablando por celular. Camino hacia la pared que daba la vista al interior del estadio y se jaloneo el pelo al ver el interior del Green Monster. Parecía la persona más feliz del mundo. ¡Y Si lo era! Lo confirmamos aun mas al escuchar  gritar por el celular lo feliz que estaba de poder ver por fin el estadio de los Red Soxs.  Es sano, positivo e incluso bastante satisfactorio disfrutar de la felicidad ajena.  Esto consta en aprender a quitar las barreras de la envidia y del egoísmo para poder abrir tu corazón a las demás personas. Como diría Jesus; Ama a tu prójimo, alégrate cuando seas testigo de un momento feliz en la vida gente ajena a ti. Estamos acostumbrados a sentir felicidad por las personas mas apegadas a nosotros: nuestra familia, nuestro novio y una que otra mejor amiga. Pero ¿Por qué no podemos disfrutar de la felicidad de todas las personas que nos rodean? Cuando Faby y yo vimos el inmenso rostro de alegría en el rostro  de este joven, no pudimos evitar sentir algo parecido a lo que el sentía en esos momentos. No le dijimos absolutamente nada, simplemente le sonreímos y le dimos gracias a la vida por haber permitido que el también logara uno de sus sueños.   

Muy temprano al día siguiente nos dirigimos a nuestro segundo destino; Nueva York. La gran manzana es un lugar inexplicable; Es una ciudad grande y chica a la vez. Una isla en donde sientes que todo es posible… por que tal vez si lo sea.  Un minuto te sientes rey del mundo por que estas caminando en 5ave y al siguiente te das cuenta de que eres completamente insignificante al ver los departamentos en Wall Street. Todo pasa rápido y lento a la vez. Me gusta pensar que Nueva York juega con tus emociones a lo largo del día.  Es inestable: reside alli su misterio y belleza. Manhattan te muestra una mezcla de dinero, glamor, belleza, luces y magia tan grandes que te hacen literalmente abrir la boca, pero al mismo tiempo te muestra calles horribles, peligros, tristeza, odio y sufrimientos. Un señor como de 65 años  que conocimos en el metro nos comento que New York era como una adicción; No importaba cuanto la odiaras siempre querías regresar a sus intrigantes calles.  Me tarde mas de una hora en que Faby me convenciera de subirnos al metro, A pesar de haber vencido bastantes miedos en Boston, Nueva York era un nuevo reto.  Cuando por fin me logro subir al metro el destino nos hizo conocer a otra persona que nos daría un mensaje importante. Este señor nos cautivo por mas de media hora con su historia personal: Era de Argentina, de Mar de Plata para ser exactos. Nos conto que nació y creció en una familia de doce hermanos y el era el hermano mayor. Su familia era tan humilde, que iba a la escuela con los pantalones rotos por atrás y TODOS se burlaban de el. Creció resintiendo tanto ser de bajos recursos, que se prometió a el mismo que llegaría a tener mas dinero que todos las personas que había conocido en Mar De Plata. Y así lo hizo… llego a tener tanto dinero y poder que su ambición lo cegó al punto de no casarse, no tener hijos y no disfrutar de NADA más que de cobrar sus cheques cada quincena. Ahora vivía en Nueva York por que tenía un restaurante en SOHO y había encontrado la felicidad en la pureza del amor y la sencillez. Nos contó que a pesar de tener todo el poder y los recursos económicos para ir a cualquier ciudad del mundo, su lugar favorito era su casa en Mar de Plata en donde tomaba vino, sentia el calor de la arena en sus pies descalzos  y veía las estrellas junto a su familia. De la manera más cariñosa y atenta nos hizo prometerle que disfrutaríamos nuestras vidas y que realizaríamos metas que nos ayudaran a crecer como personas y a superarnos como seres humanos.

– Les comparto mi historia para que nunca les pase lo mismo – Fueron sus últimas palabras antes de despedirnos y hacernos entender (como si fuera posible MAS) que la vida es solo una y que tenemos que abrir nuestro corazón y mente ante cada experiencia que vivimos. Cada día de nuestro viaje fue de sencillez y lujos. Un día desayunábamos en el apartamento de mi primo (En donde pasamos los cuatro días que estuvimos en Manhattan) y al día siguiente salíamos a comer al barrio italiano o a la quinta avenida. Faby y yo compartimos una teoría que llamamos en broma “La perfección del equilibrio”. Despues de varios años de vivir juntas en Guadalajara como foráneas caímos en cuenta de que si tienes demasiado dinero llega un momento en el cual  olvidas que estas viviendo un lujo y dejas de disfrutar de los placeres cotidianos. Al mismo tiempo es un gusto enorme poder degustar una comida, pedir un vino o consentirte de vez en cuando. Nueva York fue increíble. Los recuerdos mas intensos y nítidos que tengo de nuestro viaje son en Times Square. En las tiendas de estas fascinantes calles Faby y yo volvimos a tener cinco años. Pasamos más de dos horas en la juguetería de tres pisos emocionadas con cada cosa que veíamos. Jugamos con las espadas de Star Wars, Entramos a Candy land, compramos dulces, nos tomamos fotos en cada esquina y conocimos la mansión de Barbie.  Entramos a cada tienda y lugar que nuestro cuerpo nos permitió hasta que nos dimos cuenta que eran casi las dos de la mañana y nos fuimos a dormir. Gracias Nueva York… Por regresarme esa parte alegre de mi infancia en la cual TODO te emociona y por todo sonríes. La segunda noche en Manhattan fue todo lo contrario a niñez y felicidad infantil. Fuimos hasta la calle tres en donde habían mas de cien bares juntos y pudimos conocer lo que tanto habíamos visto en las películas donde el ruido, la prisa, el glamor, el dinero y la música  se mezclaban sin respetar a nadie. El día siguiente nos dimos el lujo de comer en el restaurant frente a la Estatua de la Libertad, al salir nos acercamos al muelle y tomamos el barco hacia ellis island… mientras paseábamos por aquel inmenso barco no dejaba de pensar en lo feliz que me había sentido toda la semana. No se si se vale decir esta oración… Pero en ese momento me sentí orgullosa de mi. Orgullosa realmente, como si yo misma me diera las felicidades de haber logrado mi sueño, de poder estar AQUI en ese momento. ¿Por qué tuve que esperar tantos años para comprobar que tenía todo en mi vida?  Vivir esperando que algo pase no es vivir. Es simplemente sobrevivir. Pasar. Estar alli sin estar, sin sentir absolutamente nada. Este año sentí que alguien encendió un botón en lo más profundo de mi mente… un foco que antes había estado apagado. Hace días leí que Dios escondió la felicidad plena en lo más profundo de nuestros cerebros,  En un lugar en donde solo la podemos encontrar nosotros mismos.  La vida es demasiado corta y demasiado hermosa como para no amarte a ti mismo. Encontrar la felicidad en mi vida fue tener el valor de seguir mis sueños. Todos y cada uno de ellos.
Washington Dc fue nuestro ultimo destino. En DC pasamos un día increíble conociendo todos los puntos turísticos mas interesantes de la capital de Estados Unidos. Hacia un calor impactante y aun así caminamos todo el día y alcanzamos a conocer todo (gracias a la organización de mi amiga). El ultimo lugar que visitamos fue el museo de la NASA, en donde tuvimos la oportunidad de ver muchísimos aviones, avionetas y todo el equipo que los astronautas llevaban en sus viajes al espacio. Por la noche cenamos con mi prima hermana. Debo mencionar que mi prima es una de las mejores personas que engloban mi vida. Su esposo es una mezcla de varios países de Europa, predominado de Italiano. Para nuestra sorpresa hablaba perfecto el español y tuvimos una cena increíblemente agradable hecha por el.

 Esa noche mientras hablaba por teléfono con mi papa me pidió que le escribiera algunas notas de que había sentido en mi viaje. ¿Algunas notas? ¿A ti que me enseñaste a volar? A ti, papa te escribo un cuento entero. Te escribo paso a paso lo que viví… por que despues de todo: como todo lo bueno que me a pasado en mi vida, es gracias, todo es gracias a ti. ¿Quieres que te diga qué aprendí viajando? Aprendí que puedo recuperar lo que había perdido, comprendí que las cosas no llegan solas, las tienes que ir a buscar. Redescubrí sentimientos, Aprendí que puedo equivocarme mil veces y despues cambiar de tal manera que me sienta orgullosa de mi de nuevo. Aprendí a saborear la comida, a probar cosas diferentes, a disfrutar caminar simplemente observando la ciudad. Aprendí que dos personas pueden cambiar el mundo. Reafirme que soñar que cosas grandiosas me pasan a cambiado mi vida, por que los sueños SI se hacen realidad.

Tal vez algun día me pregunten que aprendí en mi octavo cuatrimestre de mi carrera de nutrición y me quede tartamudeando al intentar contestar. ¿Que aprendí? ¿Como hacer una dieta para embarazadas? O ¿Que la raniditina es una medicina para las personas con gastritis? Probablemente estos datos en diez años serán completamente diferentes o incluso ni valor alguno para la sociedad. Pero espero con el alma que alguien me pregunte que aprendí durante mi segundo viaje a Boston, porque estoy segura que esa vez no titubeare ni un segundo.

 

Mónica Valverde
Octubre 2010

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