Intenciones – Capitulo Uno

1.


Tal vez la mayoría de la gente tenga razón, pensé una tarde de aquel  invierno que cambio mi vida.

Regresaba de mi cuarta entrevista con otra esperanza borrosa entre mis manos frías. Esperar otra vez, una respuesta que tal vez nunca llegaría.
Eran finales de un enero tornadizo e inconstante, lleno de noches obscuras en donde el menor de los ruidos perturbaba los sueños y tardes de un cielo azul claro tan nítido que daba ánimos tan solo al verlo por unos segundos. Eran tiempos de cambio, climáticos e internos.
Me encontraba en una ciudad nueva, empezando otra aventura, con el cuerpo aun cansado del largo viaje, confundida de mis decisiones y rogando por una señal mística que me alumbrara el camino. Pero esta vez, con los ojos totalmente abiertos y una claridad de pensamientos, que aun la mayor de mis confusiones no podía nublar, me era imposible dudar de mi nuevo destino. En aquel tiempo, de la noche a la mañana, y sin tener una idea clara de cómo había ocurrido, había alterado radicalmente mi camino. Algunos me llamaron una mujer valiente, me palmearon la espalda levemente mientras me susurraban palabras de aliento que el tiempo no me dejo recordar. Otros me llamaron lunática y acelerada, mientras apostaban con altas cantidades de dinero la fecha de mi regreso cubierta de lágrimas. El resto, por lo general mis verdaderos buenos amigos, no dijeron una palabra, me bendijeron con su silencio y me dieron un fuerte abrazo añorando verme pronto, o al menos eso quise sentir.

– Es curioso como mi vida entera cabe dentro de ti –  le susurre a mi maleta roja una noche antes de partir, mientras cerraba con fuerza el pequeño candado y aseguraba lo mejor posible mis escazas pertenencias. Ya habían saqueado mis cosas con anterioridad y había pasado una temporada en la playa con nada más que un abrigo negro, botas de nieve y un vestido de lana verde. Así que no daría pie a que esto volviera a suceder, por menos que me importara el contenido. Sonreí al notar que comenzaba a disfrutar repetir aquella frase antes de cada nueva aventura, confiaba ciegamente en que sonreír me traería mejores vientos y a la larga actuaría como un rezo inconsciente de protección.
La luz tenue de la luna llena mostro su tímido reflejo sobre mi ventana durante todo el transcurso de aquella noche, tal como Antonella lo había anunciado varios meses antes con su pipa de tabaco y su café negro humeando sobre la mesa. Llevaba más de cuatro horas empacando mis cosas, me había rehusado a comprar una maleta nueva y dividir la carga en dos, me preocupaba la suma de dinero, por lo general arriba de mis límites, que podrían cobrarme al momento de registrarla en la aerolínea. Así que opte por empacar de la mejor manera posible.
Aquella noche recordé a mi padre, doblando con fuerza pantalón con pantalón, mostrándome la mejor manera de acomodar todo dentro de una maleta durante varias veces en mi vida.
– Eres pésima para empacar Mila – me repetía constantemente al observarme guardar mis cosas antes de cada viaje. Después me ordenaba que me sentara mientras lo observaba rellenando mis zapatos de tacón con calcetines y ropa interior.  Así se aprovecha cada espacio, declaraba con una sonrisa en los labios.
Limpie mi rostro con una toalla pequeña que había decidido no llevar conmigo, como muchas otras cosas más, que fui separando en bolsas negras que abordarían el camión de basura justo a las siete de la mañana, A la misma hora en que mi viaje despegaría rumbo a mágicas ciudades en donde viviría situaciones que jamás imagine, de las cuales aquel día no tenía idea alguna.
Camine hacia el baño y prendí la luz y la calefacción lo más rápido posible. El frio era insoportable y mis manos lo resentían en cada movimiento. Abrí las gavetas en donde por mucho tiempo guarde mis artículos de higiene y limpieza y comencé a amontonarlos en otra bolsa negra que tendría el mismo destino que sus compañeras. Después comprare las mismas cosas en algún supermercado, pensé con esperanza mientras trataba de mirar mi rostro en el espejo grande junto a mí, lo cual fue imposible debido al vapor hirviendo que se condensaba en el vidrio frio. Había prendido la calefacción a toda potencia con la intención de mejorar un poco la situación climática pero apenas se sentía una ligera sensación de calor en mi cuarto subterráneo cubierto sobre nieve. Y la luna llena, aquella luna de la que Antonella tanto me había hablado, comenzó a fundirse entre la obscuridad de la noche, copos de nieve y estrellas.

– Tu última noche en Salem Mila – me dije a mi misma por si acaso existiera una parte de mí que no estuviera consciente que era la despedida.
Aquella noche de diciembre, imitando cada gesto de mi padre,  rellene mis zapatos con ropa interior y doble con fuerza cada blusa y pantalón para adquirir el mayor espacio posible. Mientras lo hacía, no podía evitar que mis lágrimas dejaran de caer. Esa misma tarde no solo me había despedido de mis buenas amigas con las que había abierto el corazón como con nadie más, también le había dicho adiós a mis caminatas por el parque, al latino siempre sonriente que me atendía en el café por las mañanas, a las meditaciones en el antiguo cementerio que emanaba mas paz que miedo, a la plaza donde me quitaba los zapatos y le daba gracias a la vida, al barrio  por donde camine incontables veces a lo que por muchos años llame mi hogar, al olor de la panadería de la esquina que comenzaba sus labores a las tres de la mañana y a las deleitantes cenas con vino tinto que disfrutaba más de cuatro veces por semana en mi restaurant favorito. Le decia adiós a la magia de mi ciudad de las brujas, a las leyendas de antaño y a las mujeres de mis antepasados, las que habían creído en la magia e incluso apostado la vida por ello. Esa noche de aguanieve y frio le dije adiós a mi mundo, mi mundo entero. El que había creado desde lo más profundo de mis sueños, mi país imaginario en donde cada paso que daba me recordaba que estaba viva, en donde el viento elevaba mis intenciones más sagradas al cielo para maternizarlas ante mis ojos lo más rápido posible.

Unos días después, en un país diferente y con menos valentía que de costumbre, miraba de nuevo la maleta roja, descifrando como pude haberla cerrado con tanta seguridad aquella noche, por mejor empacada que hubiera estado. Lo que más añoraba en esos momentos era un abrazo de mi madre, la madre que nunca tuve, algunas palabras de aliento de un amigo cercano o la admiración de cualquier persona externa que me dijera que el salto al vacío que había dado lo había inspirado a realizar algún sueño olvidado entre los años. Pero nada cambiaba. Solo las nubes grises pasando lentamente por mi ventana y los latidos de mi corazón acelerándose cada día más.

– Tal vez la mayoría de la gente tenga razón – Volví a pensar tras cambiar mi ropa aun helada del viento de afuera por una más cómoda y de prepararme una taza de té de manzanilla con anís para poder calentar un poco mis manos y mi cuerpo lo más rápido posible. – Debería admitir que solo existe un camino en la vida, y que como consecuencia de haber escapado, me encuentre en un limbo sin inicio ni final, quizás deba regresar a mi lugar y dejar de hacer preguntas.
Volví a pensar en Salem y en lo fácil que sería regresar, si así lo decidiera, pero a pesar de mi miedo y angustia, me sentía de la misma manera que aquel día que aborde el avión en Nueva York y no mire ni por la ventanilla para despedirme. Sentía que estaba haciendo lo correcto, y que ya no valía la pena mirar atrás, tal como me lo reafirmado Antonella una noche antes de partir.

Aquel helado día había salido de Salem a las seis de la mañana, arrastrando por las diminutas escaleras de mi antiguo departamento la maleta roja. Era diciembre y continuaba nevando afuera, aquella mañana la ciudad había despertado con una temperatura de menos ocho grados, salí trotando por la calle semi empedrada de mi barrio y  trate de encontrar un taxi lo más rápido posible. Mi amiga Sam se había ofrecido en llevarme a la estación del tren más de diez veces y yo le había negado la cortesía por distintas razones el doble de ocasiones. No hay necesidad Sam, yo puedo cargar la maleta perfectamente y llegar a tiempo al tren, Gracias Sam, tal vez la siguiente vez te pida ayuda. Repase todas las declinaciones lentamente en mi mente mientras seguía luchando con la caprichosa maleta, con las pocas fuerzas que me quedaban y con una dificultad inmensa para respirar, ya que había enredado mi bufanda azul alrededor de mis mejillas y mi boca antes de salir del departamento. Extendí la vista a mí alrededor un par de veces, tratando con sutileza de ver el carro de Sam, estacionado en algún lugar cerca.

– Que te costaba pedir un poco de ayuda Mila – me dije en voz alta mientras daba vuelta en la esquina de la calle y esperaba que el semáforo de la avenida se pusiera en verde. Afortunadamente, antes de esto, un taxista con café en mano y una actitud alegre me ofreció su servicio. Me desparrame en el asiento ajustando mi bufanda y doblando varias veces mis helados dedos mientras el taxista luchaba por acomodar la maleta en la cajuela de la mejor manera posible. Era domingo y el tráfico, por lo general muy tranquilo en Salem con excepción de días festivos, estuvo de nuestro lado.
Logre llegar a reloj de la estación quince minutos antes de mi partida y con el boleto ya pagado desde la noche anterior. Suspire con fuerza, creando telarañas de vapor a mi alrededor, al recordar que tendría que seguir empujando la maleta por unos minutos más, azote la puerta del lado izquierdo del carro para descargar un poco de ira y le entregue el dinero exacto al taxista junto con una sonrisa y un agradecimiento. Buen viaje, alcance a oír que me susurro antes de volver a acomodarse cómodamente sobre su asiento y de desaparecer en la niebla de aquella mañana fría.
El tren color plata con franjas moradas partió a la hora estimada, lo cual agradecí profundamente, ya que no habría soportado estar un minuto más bajo aquel cruel clima. Un viejo serio, con uniforme de policía, sombrero de marinero y una mirada perdida, o cansada tal vez, me quito el equipaje de las manos y me entrego un diminuto comprobante amarillo en cambio. Guárdalo bien, me dijo con un tono serio.
Busque mi lugar con rapidez entre la hilera de asientos grises, vacios en su mayoría. En ese momento caí en cuenta del hambre que tenia, añorando haber traído alguna manzana o al menos un termo con café conmigo, aproveche el pensamiento para recordar si había olvidado algo en mi departamento, como si fueras a regresar, pensé con recelo.
A pesar de la poca clientela que abordaría el tren con destino a Nueva York esa mañana, me senté en mi lugar correspondiente, mas por superstición que por respeto, los años en Salem me habían hecho muy supersticiosa. Junto a mi estaba sentada una joven, de mi edad, o eso creí, con una cámara negra adornando su cuello y un cabello largo dorado en su mayoría. Llevaba un vestido negro corto y un chaleco del mismo color que hacían juego con los lentes de sol sobre su pelo. Piel bronceada que indicaba que había pasado unos días en el sur del país y  ojos miel enfocados en las vías del tren, tratando de calcular el ángulo perfecto para una gloriosa fotografía en blanco y negro.  El collar que colgaba sobre su pecho, mostrando un pescadito de varios colores, me hizo pensar en mi padre y las gemelas y en que había olvidado llamarles por teléfono ese día como me habían pedido.  Busque entre papeles, tickets, notas y cartas mi celular dentro de la bolsa y lo abrí con la intención de hacer la esperada llamada, seria alrededor de mediodía en España.

Mi padre y mis hermanas llevaban más de quince años viviendo en Madrid, lugar del cual yo había escapado al soplar las dieciocho velitas de mi pastel de cumpleaños. Yo no había sido hecha para vivir en España y algunos años después me enteraría que más de un lazo de sangre había sido culpable de aquello. Desperté a mi padre, como por lo general lo hago, alrededor de la hora de su siesta. Duerme veinte minutos después de comer y de alguna manera siempre consigo llamarle durante ese corto lapso. Antonella me menciono una vez mientras hervía ruda del jardín y leía las coloridas cartas del Tarot que de manera inconsciente lo despertaba para no permitir que se fuera de este mundo. Miedo a perderlo, lo nombro entre humo de tabaco y miradas burlonas.

– Hola – Le dije, era un hola seco, sin vida. – Ya me voy, abordo mi avión en Nueva York a las siete de la tarde – Espere algunos minutos en los que nunca sabré si estaba dormido o si no sabía que responderme, probablemente un poco de ambas… Hasta que escuche su voz adormilada del otro lado de la línea.

–  ¿A dónde vas Mila? – Gire mi rostro hacia la ventana esquivando las miradas de la fotógrafa rubia que estaba sentada cerca de mí y me acomode en el asiento bajando un poco el volumen de mi celular.
El tren siguió su camino despacio, mientras la luz del sol se filtraba por las ventanillas con más fuerza, provocando que la rubia de al lado detuviera sus fotografías de las vías por unas horas y que varios pasajeros bajaran las cortinas por completo. Gire la cabeza de nuevo. ¿A dónde vas Mila? ¿Cuántas veces lo había escuchado? Era contestar la misma incógnita de siempre. Ignore la pregunta, como de costumbre. Con los años había aprendido que ignorar era la mejor respuesta, la más efectiva.
Mire a mi adorado Salem alejarse de mí despacio. Los sonidos del metal en las vías del tren me acompañaron durante el trayecto, recordándome segundo a segundo como nos alejábamos de casa. Hasta que mi pequeña ciudad mágica desapareció de mi vista, como la nieve que comenzaba a derretirse con el sol de esa mañana.

Aún faltaban tres horas de camino y los nervios ya habían logrado mantener mis manos sudorosas por un largo rato. Dormir me resulto imposible así que comencé a  revistar todo el contenido de mi bolsa tratando de hallar algo con que entretenerme. No me encontraba de humor para leer cartas ni libros, podía jurar que se me revolvería el estómago tan solo de intentar enfocar la mirada por unos segundos. Seguí buscando; el celular fue lo más interesante que encontré. Lo abrí y mire mis contactos, uno por uno, recordando historias y momentos acerca de cómo habían llegado hasta allí, repasando cada persona que tal vez no volvería a ver, extrañando platicar con Sam acerca de esos momentos y sonriendo de vez en cuando me topaba con algún mensaje de Nico. En contra del estricto reglamento del tren, abrí la ventanilla junto a mí unos cuantos centímetros y lanze el teléfono con fuerza.
– Tiempos de cambios princesa – susurre en silencio. A pocos minutos de arrojarlo logre finalmente cerrar los ojos y descansar por primera vez en días.

Llegamos a la estación central antes de lo esperado, era alrededor de mediodía y no fue el sol por la ventana lo que me despertó, si no mi estómago quejándose de hambre y sed. Estire los brazos, enrollandome sobre el cuello la bufanda azul y coloque mi bolsa con fuerza sobre mi hombro derecho. La rubia fotógrafa ya no estaba frente a mí, solo había un rastro de basura de papas fritas y un café de Starbucks embarrado con labial rosa sobre la mesa de su asiento.
Intente mirar la hora en mi celular hasta que el recuerdo de haberlo arrojado por algún lugar de Massachusetts refresco mis pensamientos, provocándome una sonrisa casi malévola. Siguiendo a la multitud pase a recoger mi maleta roja, checando celosamente que el candado siguiera en su lugar y al salir le pregunte la hora a un joven de aspecto extraño que insistió en cargar mi maleta varias veces hasta que lo rechace con un no subido de tono. Tenía que abordar en JFK a las siete de la tarde así que contaba con bastante tiempo para pasear por la ciudad y salir a comer.

No recordaba el frio de Nueva York, mucho más intenso que en Salem y con un fuerte viento estrellándose contra la piel. Un día anterior había visto en las noticias locales que esa noche nevaría en toda la región. Decidí, sabiamente, apresurarme a comer y  regresar a la estación cuanto antes evitando estar mucho tiempo expuesta al cruel clima, lo último que hubiera deseado en aquellos días habría sido enfermarme.

Generalmente disfrutaba pasear en las calles y museos de Nueva York. Era algo que acostumbraba hacer con Sam en las vacaciones cortas de verano y a principios de invierno para ver las decoraciones navideñas, pasar la tarde caminando en los museos, encontrar un restaurant vegetariano novedoso y acogedor o pasear por Soho en busca del mejor café de Manhattan. Pero esta vez no habría paseos ni excursiones, solo movimientos rápidos y bien calculados para llegar cuanto antes al aeropuerto.

¿Regresaría alguna vez a Nueva york? me pregunte dudosa mientras almorzaba.
Tenía que regresar. Al menos a Salem, al menos a visitar a Sam.


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